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El arte del canto victorioso

El arte del canto victorioso

Audible Download Audiobooks. Semba pronto degeneró en samba diciéndose sambacuque, luego sambacueca y victprioso samacueca o zamacueca. Se equivoca lastimosamente el que recurre a las artes de las hechiceras de Hemonia y se vale del Hi- pomanes extraído de la frente de un potro juvenil.

El arte del canto victorioso -

Durante su visita, nuestro equipo tuvo la oportunidad de explorar cómo el VLCFF puede apoyar aún más la misión de AVOSA a través de conversaciones significativas con el obispo y su personal. Habiendo enseñado una vez a nivel universitario en Italia, el obispo Martinelli también estuvo feliz de involucrar a un salón de clases de nuestros estudiantes de la Universidad de Dayton en discusiones esclarecedoras sobre el Medio Oriente y la influencia de la Iglesia en el área.

El Obispo tuvo un almuerzo y continuó conversando con el rector de la universidad, Dr. Eric Spina. La visita concluyó con una nota de alegría, con el obispo Martinelli mostrando su talento musical en una memorable interpretación de canto y guitarra para el personal de VLCFF, dejándonos inspirados por su arte lleno de fe.

Rufino Cano y Ana Becerril, marido y mujer miembros de la Diócesis de Scranton , se embarcaron en su viaje de formación en la fe con el VLCFF en A través de esta colaboración, completaron cuatro programas de certificación, centrándose en la catequesis y el liderazgo.

Su dedicación no pasó desapercibida; la Diócesis reconoció su compromiso, lo que llevó a que el Obispo Joseph C. Bambera de la Diócesis de Scranton los comisionara como Ministros Eclesiales Laicos. Ana y Rufino estaban extasiados y después de la ceremonia de nombramiento expresaron su gratitud por su viaje, citando el apoyo de familiares, amigos, sacerdotes y la comunidad.

Inmaculado Corazón de María IHM hermanas. También agradecieron a la Diócesis de Scranton por su Programa de Ministros Eclesiales Laicos y al VLCFF por sus impactantes cursos. Nosotros en el VLCFF no podríamos estar más contentos. Los testimonios de Rufino y Ana resaltan el poder transformador de la educación y el apoyo comunitario para fomentar el liderazgo espiritual.

Si está considerando ampliar su papel en la Iglesia y está interesado en un programa de certificación de liderazgo, comuníquese con Liliana Montoya ¡Y comienza tu viaje de fe hoy mismo! La Cuaresma, el período de 40 días que precede a la Semana Santa, no se trata solo de renunciar al chocolate. Es un tiempo para que los católicos acompañen a Jesús en su propio viaje de 40 días al desierto, tal como se describe en los Evangelios.

Jesús, fortalecido por el Espíritu Santo, se aventuró al aislamiento. Allí ayunó y enfrentó inmensas tentaciones.

Sin embargo, Jesús salió victorioso, con su fe intacta. La Cuaresma nos permite entrar en este desierto con Jesús. Fernando Trueba, director de El olvido que seremos , Goya a Mejor Película Iberoamericana cuenta el reto que supuso trasladar el libro a la cinta con la que ha logrado el Goya a Mejor Película Iberoamericana.

H ay un viejo chiste en Hollywood de dos cabras buscando comida en un vertedero de basura, donde una está comiéndose una bobina de película. Por lo que tiene más probabilidades de salir victorioso Orson Welles eligiendo al azar Badge of Evil en el kiosko de un aeropuerto, sin ni siquiera haberla leído, que el pobre King Vidor adaptando Guerra y paz.

Cuando leí por primera vez El olvido que seremos me conmocionó, algo que probablemente le ocurrió a los miles de lectores en todo el mundo que ya han convertido este libro en un clásico.

A lo largo de los años he comprado el libro numerosas veces, en distintos países, en distintos idiomas francés, portugués, inglés… para dárselo a amigos muy queridos, no a simples conocidos.

Y de pronto, en una de esas casualidades felices que no suelen darse a menudo —más bien nunca— en la vida de un director de cine, me proponen dirigir la adaptación cinematográfica del libro.

En lugar de saltar de alegría, me preocupé. Nunca había pensado en el libro en términos cinematográficos. Soy un lector compulsivo, pero mi respeto a la literatura, mi culto a ella, superan al que tengo al cine.

Es una de las formas más difíciles y complejas del compás árabe de 6x8. Por eso es que para entender el arte del canto a la rueda hay que estudiar el universo , los tiempos de la naturaleza y las líneas del hombre , porque todas esas piezas o medidas forman un cuerpo completo y sin que nada se las pueda quitar.

Fernando González, Chilena o cueca tradicional El canto a la rueda es el origen de la chilena o cueca tradicional; forma de canto que trajeron los moros andaluces que llegaron en la conquista a América. Estos cantos entonaban los patriotas, fue himno nacional, con espíritu patriótico lleno de historia y chilenidad.

El cantor entona la melodía y lleva el compás con las palmas, en estilo melismático cuya impostación de la voz permite llegar a tonos muy altos. Luego este estilo de cante se musicalizó y fue popular en las chinganas, como la cueca que conocemos hoy que es canto, música, poesía lírica y baile.

Luis Castro Es un estilo de canto antiguo, de la alta escuela, que trajo José Miguel Carrera cuando regresó de España. Son cantos que cantaban los patriotas, después de las batallas, antes que hubiera un himno nacional. Entonces empezaba uno con un verso, luego seguía otro, y así.

Si tú te equivocabas en un verso, te eliminaban. Era una verdadera contienda. Las casas de canto se instalaron en La Chimba al norte del río Mapocho. Los gallos que cantaban a la rueda eran bravos, rotos, choros. Vicente Contardo Los gritos de las cuecas despiertan en los presentes todo el instinto de la tradición, porque son verdaderos himnos de guerra que acuden las fibras más íntimas de la raza, [ El cantor de las fondas canta puros versos de amor.

Este es el verdadero cantor. La cueca de las fondas es la que lleva todas las de la ley. Antes se consideraba que no sabía cantar el que no cantaba en las fondas ni en las casas de remoliendas.

La cueca chilena la vino componiendo el huaso por estilizado reflejo de su propia realidad campesina. Se ha de bailar, pues, interpretando lo que realiza el jinete cuando asedia y coge la potranca elegida dentro de sus dos pasiones: china y caballo El brazo viril bornea el pañuelo como si borneara el lazo Los movimientos del cuerpo masculino traducen los del jinete Al fin zapatean porque la conquista se ha consumado Una mujer, una ideal potranca, dos seres unidos, identificados en la pasión campesina.

Eduardo Barrios , Gran señor y rajadiablos Haré una descripción de las tales chinganas. En una extremidad del corral o patio grande está colocado un tabladillo elevado como vara y media del terreno con su techo, algunos adornos a los lados y con las armas nacionales u otra pintura al fondo, en el que está la música compuesta de un arpa y una guitarra ; en la parte del tablado que queda vacía es donde bailan dos parejas que se alternan bailando, a mi parecer, una misma cosa toda la noche, pues aunque yo me esforzaba en conocer las diferencias que me decían haber, no las alcanzaba, y para mí era lo mismo la zamacueca, que otros nombres igualmente extraños.

Rafael Valdés Bailan siempre el fandango sólo dos personas, que no se tocan jamás, ni siquiera con la mano. Pero cuando se observan los desafíos que una a otra se hacen, ya retirándose, ya acercándose de nuevo; cuando se advierte cómo la mujer, justamente en el instante en que pareciera que va a ser vencida, se escurre de pronto del hombre victorioso con renovada vivacidad; cómo la persigue aquél y cómo lo persigue ella; luego cuando se comprende que en todas sus miradas, sus gestos y las posiciones que adoptan, expresan las variadísimas emociones que los inflaman por igual.

Giacomo Casanova

Una sonrisa amplia y una mirada limpia, un dle curtido Premio mayor apostando Descuentos para Renovar con Conciencia rectitud y el carisma, ivctorioso de humildad y nada de presunción; un uniforme verde olivo, el arte en victorioao venas Descuentos para Renovar con Conciencia la Revolución Maximiza tus Ganancias el pecho conforman el recuerdo entrañable dep Comandante EEl Almeida Bosque. No podría ser de otra manera porque, salido del victorkoso, Almeida voctorioso convirtió, por mérito propio, en dep combatiente admirado y muy querido por ese mismo pueblo, cuyas penas y sometimientos lo llevaron al Moncada, a soportar estoico las vejaciones del presidio político, a cruzar los mares de su tierra para vivir en el exilio y regresar luego como un expedicionario del yate Granma, antes de subir a la Sierra a conquistar la libertad trunca de su gente. Justo allí, bajo la metralla incesante y el riesgo real de dejar la vida en la contienda, el hijo de Juan Almeida y Rosario comenzó a hacerse indispensable para la futura Revolución. Una anécdota de los días iniciales tras el triunfo de enero de lo confirmaría. Un amigo de juventud, llamado Ventura Manguela, le preguntó al entonces Comandante del Ejército Rebelde cómo él, sin ser una «gente de escuela», ocupaba tan alta responsabilidad en el ejército victorioso.

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Esa era la esencia del joven sencillo y sacrificado que, antes de ser rebelde y revolucionario, se desempeñó como taquillero, mozo de limpieza y albañil, para ayudar a su familia a sobrevivir en medio de la miseria y la barbarie impuestas por la tiranía. Más tarde, cuando la Cuba socialista requirió de sus esfuerzos como integrante del Comité Central y del Buró Político del Partido, o como diputado a la Asamblea Nacional, vicepresidente del Consejo de Estado, o al frente de la Asociación de Combatientes, Almeida siguió siendo el mismo, hecho de raigal nobleza, lealtad inquebrantable a Fidel y a Raúl, y derroche de carisma.

Y es que, sencillo y modesto como pocos, nunca los grados militares ni los cargos políticos mellaron el espíritu sensible del dirigente que solía andar en su carro con la ventanilla baja, o que prefería escuchar de cerca las inquietudes del pueblo, antes que leerse un informe «edulcorado».

El mismo Comandante que disfrutaba del mar y de la naturaleza, del canto y la literatura. En esa suerte de ser poeta y músico, combatiente y amigo, Cuba honra su memoria —a 14 años de su partida física— con su propia convicción enérgica de que ¡Aquí no se rinde nadie!

Déjala que oculte sus trapacerías, no sea que la obligada confe- sión de la culpa haga huir el pudor de su rostro. Así, jóvenes, no queráis sorprender a vuestras amigas; consentid que os engañen y que os crean convenci- dos con sus buenas razones. Los amantes cogidos infraganti se quieren más desde que su suerte es igual, y el uno y el otro se aferran en seguir la con- ducta que los pierde.

Se cuenta una hazaña bien conocida en todo el Olimpo: la de Venus y Marte sorprendidos por la astucia de Vulcano. El furibundo Marte, poseído de un amor insensato hacia Venus, de guerrero terrible convirtióse en sumiso amador, y Venus, ninguna diosa es tan sensible a los ruegos, no se mostró hu- raña y dificultosa al numen de la guerra.

Delante de Marte simulaba la marcha torcida de Vulcano, y en estas burlas realzaba su hermosura con gracia sin rival. Supieron celar bien los primeros deslices, y su trato culpable aparecía lleno de verecundo pudor.

Mas el Sol, ¿quién puede ocultarse a sus miradas? Vulcano urde en torno del lecho una red impercep- tible, que desafiaba la vista más perspicaz, y simula un viaje a Lemnos. Los amantes llegan a la cita, y desnudos uno y otro caen presos en la red. El mari- do convoca a los dioses y les ofrece en espectáculo a los prisioneros.

Venus apenas podía contener las lágrimas; en vano intentaba taparse la cara y cubrir con las manos las partes vergonzosas, y no faltó un chusco que dijese al tremebundo Marte: «Si te pesan esas cadenas, échalas sobre mis hombros.

Marte se retiró a Tracia y Ve- nus a Pafos. Vulcano, ¿qué ganaste con tu estrata- gema? Muchas veces habrás de arrepentirte de tu necia insensatez y de haber escuchado los gritos de la cólera.

Os prohibo estas venganzas, como os las prohibe eje- cutar la diosa que fué víctima de tales insidias. No tendáis lazos a vuestro rival, ni penetréis los secre- tos de una misiva cuya letra os sea conocida: dejad estos derechos a los maridos, si estiman que los de- ben ejercer, pues a ello les autorizan el fuego y el agua de las nupcias.

De nuevo os lo aseguro: aquí sólo se trata de placeres consentidos por las leyes, y no asociamos a nuestros juegos a ninguna matrona. Poco mérito encierra guardar silencio en lo que se nos manda, y al contrario, revelar un secreto es cul- pa harto grave.

Con justicia Tántalo, por la indiscre- ción de su lengua, no alcanza a tocar los frutos del árbol suspendidos sobre su cabeza y se ahoga en medio de las aguas.

Citerea, sobre todo, recomienda velar sus misterios: os lo advierto para que ningún charlatán se acerque a su templo.

Si los de Venus no se ocultan en las sagradas cestas, si el bronce no re- percute con estridentes golpes, y todos estamos ini- ciados en ellos, es a condición de no divulgarlos. Con frecuencia los rebaños se entregan en medio del campo a los deleites carnales; mas al verlos, la honesta doncella aparta ruborizada la vis- ta.

A nuestro hurtos convienen un tálamo oculto y una puerta ce- rrada, con nuestros vestidos cubri- mos vergonzosas desnudeces, y si no buscamos las tinieblas, deseamos una medio obscuridad; todo menos la luz radiante de día.

En aquellos tiempos en que aún no se habían inventado las tejas que res- guardasen del sol y la lluvia, y la encina nos servía de alimento y morada, no a la luz del día, sino en las selvas y los antros, se gozaban los placeres de la voluptuosidad: tanto respetaba el pueblo rudo las leyes del pudor.

Mas ahora pregonamos nuestras hazañas nocturnas, y nada se paga a tan alto precio como el placer de que las sepa todo el mundo. Anda, pues, odioso guardián de una mujer, atranca las puertas y échales por más seguridad cien cerrojos.

Nosotros en cambio ha- blarnos con reserva de nuestras conquistas verdade- ras, y con un velo tupido encubrimos nuestros hurtos misteriosos. No reprochéis nunca los defec- tos de una joven; el haberlos disimulado fué a mu- chos de gran utilidad.

Aquel que llevaba un ala en cada pie no reprobó en Andrómeda el color del semblante. Andrómaca sorprendía a todos por su talla desmesurada, pero Héctor encontró que no pasaba de la regular. Acostúmbrate a lo que te pa- rezca mal, y lo conllevarás bien: el hábito suaviza muchas cosas y la pasión incipiente se alborota por una nonada.

Cuando el ramillo injerto se nutre en la verdadera corteza, cae al menor soplo del viento, mas con el tiempo arraiga y desafía la violencia del huracán, y ya rama vigorosa, enriquece al árbol que la adoptó con frutos exquisitos. Las deformidades del cuerpo desaparecen un día, y lo que notamos como defectuoso llega por fin a no serlo.

Dulcifiquemos con los nombres las macas reco- nocidas: llamemos morena a la que tenga el cutis más negro que la pez de Iliria; si es bizca, digamos que se parece a Venus; si pelirroja, a Minerva; con- sideremos como esbelta a la que por su demacra- ción más parece muerta que viva; si es menuda, di que es ligera; si grandota, alaba su exuberancia, y disfraza los defectos con los nombres de las buenas cualidades que a ellas se aproximan.

No le preguntes los años que tiene o en qué consulado nació; deja estas investigaciones al rígido censor, máxime si se marchitó la flor de su juventud, si su mejor tiempo ha pasado y ya comienzan a blanquear las canas en- tre sus cabellos.

Mancebos, esta edad u otra más adelantada cuadra a vuestros placeres, estos campos habéis de sembrar porque producen la mies en abundancia.

Mientras los pocos años y las fuerzas os alientan, tolerad los trabajos, que pronto vendrá con tácitos pasos la caduca vejez. Se ha de añadir que las mujeres de cierta edad son más du- chas en sus tratos, tienen la experiencia que tanto ayuda a desarrollar el ingenio, saben, con los afeites, encubrir los estragos de los años y a fuerza de ardi- des borran las señales de la vejez.

Te brindarán si quieres de cien modos distintos las delicias de Ve- nus, tanto que en ninguna pintura encuentres mayor variedad.

En ellas surge el deseo sin que nadie lo provoque, y el varón y la hembra experimentan sen- saciones iguales. Aborrezco los lazos en que el de- leite no es recíproco: por eso no me conmueven los halagos de un adolescente; odio a la que se entrega por razón de la necesidad y en el momento del pla- cer piensa indiferente en el huso y la lana.

No agra- dezco los dones hijos de la obligación, y dispenso a mi amiga sus deberes con respecto a mi persona. Me complace oír los gritos que delatan sus intensos goces y que me detenga con ruegos para prolongar su voluptuosidad.

Me siento dichoso si contemplo sus vencidos ojos que anubla la pasión y que langui- dece y se niega tenaz a mis exigencias.

La naturaleza no concede estas dichas a los años juveniles, sino a esa edad que comienza después de los siete lustros. El plátano sólo después de algunos años resiste los ardores del sol, y la hierba recién segada de los prados hiere los desnudos pies.

El que pretenda coger los frutos de Venus ya maduros, si tiene constancia alcanzará el debido galardón. He aquí que recibe a los dos enamorados el le- cho confidente de sus cuitas. Musa, no abras la puerta cerrada del dormitorio. Sin tu ayuda las pala- bras elocuentes brotarán espontáneas de los labios; allí las manos no permanecerán ociosas y los dedos sabrán deslizarse por las partes donde el amor tem- pla ocultamente sus flechas.

Así en otros días lo hi- zo con Andrómaca el valeroso Héctor, cuyo esfuerzo no brillaba sólo en los combates, y así el gran Aquiles con su cautiva de Lirneso, cuando can- sado de combatir se retiraba a descansar en el lecho voluptuoso. Tú, Briseida, permitías que te tocasen aquellas manos que aun estaban empapadas con la sangre de los frigios.

Si das en aquel sitio más sensible de la mujer, que un necio pudor no te detenga la mano; entonces observarás cómo sus ojos despiden una luz temblorosa, seme- jante al rayo del sol que se refleja en las aguas crista- linas; luego vendrán las quejas, los dulcísimos murmullos, los tiernos gemidos y.

las palabras ade- cuadas a la situación; pero ni te la dejes atrás des- plegando todas las velas, ni permitas que ella se te adelante.

Penetrad juntos en el puerto. El colmo del placer se goza cuando dos amantes sucumben al mismo tiempo. Esta es la regla que te prescribo, si puedes disponer de espacio y el temor no te obliga a apresurar tus hurtos placenteros; mas si en la tar- danza se oculta el peligro, conviene bogar a todo remo y hundir el acicate en los ijares del corcel.

Me acerco al fin de la obra: mozos agradecidos, concededme la palma y ceñid mis cabellos perfuma- dos con guirnaldas de mirto. Jóvenes, ensalzad a vuestro poeta, cantad sus alabanzas, y que su nombre corra triunfante por 1a redondez del orbe.

Os he provisto de armas cor- no las que Vulcano entregó a Aquiles; éste venció con ellas; venced vosotros con las que os puse en las manos, y el que con mi acero triunfe de una fe- roz amazona, inscriba sobre su trofeo: «Ovidio fue mi maestro.

Volad al combate con medios iguales y triunfen los protegidos de la encantadora Venus y el niño que recorre en su vuelo el vasto universo. No era justo que las mujeres peleasen desnudas contra enemigos bien armados, y en estas condiciones la victoria de los hombres sería altamente depresiva.

Tal vez alguno del montón me objete: «¿A qué su- ministras ponzoña a la víbora y entregas el rebaño a la loba furiosa? Acuérdate de Laodamia, que acabó sus días en la flor de la edad por unirse a su esposo en la tum- ba, y de Alcestes, que redimió de la muerte a su ma- rido, Admeto, con el sacrificio de la propia vida.

La virtud es femenina por el traje y el nombre; ¿qué tiene de extraño que favorezca a su sexo? Pero mi arte no pretende alentar almas tan grandes; a mi humilde bajel convienen velas más reducidas. Con mis lecciones aprenderán amores fáciles y les ense- ñaré el modo de conseguir sus propósitos.

La mujer no sabe resistir las llamas ni las flechas crueles de Cupido; flechas que, a mi juicio, hieren menos hon- das en el corazón del hombre. Éste engaña muchas veces; las tiernas muchachas, si las estudias, verás que son pérfidas muy pocas.

El falso Jasón abando- nó a Medea ya hecha madre, y bien pronto buscó otra desposada que ocupase su lecho.

Pregunta por qué Filis corrió nueve veces a la playa, y oirás que, dolidos de su infortunio, los árboles se despojaron de su cabellera. Eneas goza fama de piadoso, y, no obstante, Elisa, en premio de la hos- pitalidad te dejó la espada y la desesperación, instru- mentos de tu muerte.

Voy a manifestaros lo que causó vuestra ruina: no supisteis amar, os faltó el arte, sí, el arte que perpetúa el amor. Hoy también lo ignoraríais, mas Citerea me ordenó enseñároslo, deteniéndose delante de mí y diciéndome: «¿Qué mal te han hecho la infelices mujeres, que las entre- gas como desvalido rebaño a los jóvenes armados por ti?

Tus dos cantos primeros los adoctrinaron en las reglas del arte, y el bello sexo reclama a su vez los consejos de tu experiencia. El poeta que llenó de oprobio a la esposa de Menelao, mejor aconsejado, cantó después sus alabanzas. Si te conozco bien, te creo incapaz de ofender a las bellas, y mientras vivas esperan de ti el mismo proceder.

Apenas recibidos, sentí la influencia de un nu- men divino, la luz brilló más pura a mis ojos, y el pecho quedó aliviado de su carga abrumadora. Tened pre- sente que la vejez se aproxima ligera, y no perderéis un instante de la vida. Ya que se os consiente por frisar en los años primaverales, no malgastéis el tiempo, pues los días pasan como las ondas de un río, y ni la onda que pasa vuelve hacia su fuente, ni la hora perdida puede tampoco ser recuperada.

Aprovechaos de la juvenil edad que se desliza silen- ciosa, porque la siguiente será menos feliz que la primera.

Yo he visto florecer las violetas en medio del matorral, y recogí las flores de mi corona entre los abrojos de la maleza. Pronto llegará el día en que ya vieja, tú, que hoy rechazas al amante, pases muerta de frío las noches solitarias, y ni los preten- dientes rivales quebrantarán tu puerta con sus riñas nocturnas, ni al amanecer hallarás las rosas esparci- das en tu umbral.

Esas canas que juras tener desde la niñez, se aprestan a blanquear súbitamente toda tu cabeza. Apresúrate a coger la rosa; pues si tú no la coges, caerá torpe- mente marchita. Añádase a esto que los partos abrevian la juven- tud, como a fuerza de producir se esterilizan los campos.

Luna, no te ruborices de visitar a Endi- mión en el monte Latinos; diosa de los dedos de púrpura, no te avergüences de Céfalo, y por no ha- blar de ti, Adonis, a quien Venus llora desolada, ¿no se debió al amor el nacimiento de Encas y Harmo- nia?

Imitad, jóvenes mortales, el ejemplo de las dio- sas, y no neguéis los placeres que solicitan vuestros ardientes adoradores. Si os engañan, ¿qué perdéis? Todos vuestros atractivos quedan incólumes, y en nada desmerecéis aunque os arranquen mil condes- cendencias.

El hierro y el pedernal se desgastan con el uso; aquella parte de vosotras resiste a todo y no tiene que temer ningún daño. Sin em- bargo, afirmas no ser decoroso que la mujer se en- tregue así al varón y respóndeme, ¿qué pierdes sino el agua que puedes tomar en cualquiera fuente?

Que el leve soplo de la brisa me ayude, a salir del puerto; después en alta mar volaré al im- pulso de vientos más impetuosos. Comenzaré por los artificios del adorno. A un excelente cultivo son deudoras las viñas de su fecundidad, y las espigas del grano que en abundancia producen.

La hermo- sura es un don del cielo, mas cuán pocas se enorgu- llecen, de poseerlo; la mayor parte de vosotras está privada de tan rica dote, pero los afeites hermosean el semblante que desmerece mucho si se trata con descuido, aunque se asemeje en lo seductor al de la diosa de Idalia.

Si las mujeres de la antigüedad no gastaban, su tiempo en el aderezo personal, tampo- co los esposos con quienes trataban se distinguían por el asco. Andrómaca vestía una túnica suelta. Antes impe- raba una rústica sencillez, mas hoy Roma brilla con las espléndidas riquezas del orbe que ha sometido.

Considera, lo que fué antiguamente el actual Capi- tolio, y creerás que es otro el Júpiter que veneramos. Esa curia donde se reunen los dignísimos senadores, en el reinado de Tacio era una humilde cabaña.

Que otros prefieran lo antiguo, yo me felicito de haber nacido en época que conforma con mis gustos; no porque hoy se explota el oro oculto en el seno de la tierra, y las playas remotas nos envían la concha de la púrpura; no porque decrece la altura de los mon- tes a fuerza de extraer sus mármoles, ni porque se rechazan de la costa las cerúleas olas con los mue- lles prolongados, sino porque domina el adorno y no ha llegado hasta nosotros la rusticidad primitiva que heredamos de nuestros abuelos.

Mas vosotras no abruméis las orejas con esas perlas de alto precio que el indio tostado recoge en las verdes aguas; no os mováis con dificultad por el peso de los recama- dos de oro que luzcan vuestros vestidos; el fausto con que pretendéis subyugarnos, tal vez nos ahu- yenta, y nos cautiva el aseo pulcro y el cabello pri- morosamente peinado, cuya mayor o menor gracia depende de las manos que se ejercitan en tal faena.

Hay mil modos de disponerlo; elija cada cual el que le siente mejor, y consulte con el espejo. A ésta cae lindamente un peinado hueco y vagoroso; la otra gusta más llevándolo aplastado sobre las sienes; la una se complace en sujetarlo con la peineta de concha; la otra lo agita como las olas ondulantes; pero ni contarás nunca las bellotas de la espesa encina, ni las abejas del Hibla, ni las fieras que rugen en los Alpes, ni yo me siento capaz de explicar tantas modas diversas, número que aumenta con otras cada día que pasa.

A muchas da singular gracia el descuido indolente; crees que se peinó ayer tarde, y sale ahora mismo del tocador. Que el arte finja la casualidad; así vió Alcides a Jole en la ciudad que tomaba por asalto, y dijo al ins- tante: «La amo»; y tal aparecía Ariadna abandonada en las playas de Naxos, cuando Baco la arrebató en su carro entre los gritos de los Sátiros que clama- ban: «Evoe.

de los bordados ni de la lana dos veces teñida en la púrpura de Tiro. Pudiendo usar tantos colores de en el traje todas vuestras rentas? Cuantas flores produce de nuevo la tierra a la llegada de la primavera, en que brotan las yemas de la vid sin temor del invierno perezoso, tantas y más varias tinturas admite la lana; elige con acierto, pues el mismo color no conviene a todas personas por igual.

El negro dice bien a las blancas como la nieve, a Briseida sentaba admirablemente, y cuando fué arre- batada vestía de negro. El blanco va mejor a las mo- renas; Andrómeda lo prefería, y vestida de este co- lor descendió a la isla de Serifo. Casi me disponía a advertiros que neutralizaseis el olor a chotuno que despiden los sobacos, y pusierais gran solicitud en limpiaros el vello de las piernas; mas no dirijo mis advertencias a las rudas montañesas del Cáucaso, ni a las que beben las aguas del Caico de Misia.

Sabéis que el albayalde presta blancura a la piel y que el carmín empleado con arte suple en la tez el color de la sangre. Con el arte completáis las cejas no bien definidas y con los cos- méticos veláis las señales que imprime la edad. Yo he compuesto un libro so bre el modo de reparar los estragos de la belleza, de pocas páginas, pero donde hallaréis mucha doctrina.

las feas; en mi arte aprenderéis mil útiles consejos, si evitáis que el amante vea expuestos sobre la mesa n- mejunjes con que os embadurnáis la cara, que por pio peso resbalan hasta vuestro seno? Muchas cosas repulsivas al hacerlas, agradan por el laborioso Mirón, antes de labrarse fueron bloques informes de pesado mármol.

Imaginemos que te hallas durmiendo mientras arreglas tu tocado, y no aparezcas a nuestros ojos hasta después de darte la última mano. Cierra la puerta de tu dormitorio y no dejes ver tu compostura todavía imperfecta.

Conviene a los hombres ignorar muchas cosas: la mayor parte les causaría repulsión si no se substrajeran a su vista. Así, no preparéis vuestros encantos ficticios en presencia de los varones; mas no os prohibo ofrecer a la peinadora los hermosos cabe- llos, porque así los veo flotar sobre vuestras espal- das; os aconsejo, sí, que no eternicéis esta operación, ni retoquéis cien veces los lindos bucles, y que la peinadora no tema vuestro furor.

Odio a la que le clava las uñas en la cara y le pincha con la aguja en el brazo, obligándola a maldecir la cabeza de su señora que tiene entre las manos, y a manchar con lágrimas y sangre sus cabellos aborrecidos.

La que esté medio calva, ponga un guardia a la puerta o vaya a componerse al templo de la diosa Bona. Que tan vergonzoso accidente no ocurra más que a mis enemigos, y caiga sólo tal deshonor parthos.

Es repulsivo un ani mal mutilado, un campo sin verdor, un árbol s- vienen a oír mis lecciones Semele o la que atravesó el mar, sobre las espaldas de un falso Menelao, reclamas con tanta ra en retener.

La turbamulta que oye mis palabras se ne de feas y hermosas; estas últimas abundan me p- l- Cuando el mar duerme tranquilo, el piloto descansa un momento el timón. Cierto que son pocas las ca ras sin defectos; atiende a disimularlos, y a serte po sible, también las macas del cuerpo.

Si eres de corta esta da hallán dote de pie; si diminuta, extiende tus miembros a lo largo del lecho, y para que no puedan medirte vié - dote tendida, oculta los pies con un traje cualquiera. OVIDIO La que sea en extremo delgada, vístase con estofas burdas y un amplio manto descienda por sus espal- das; la pálida tiña su piel con el rojo de la púrpura, y remédiese la morena con la substancia extraída al pez de Faros.

El pie deforme ocúltese bajo un cal- zado blanco, y una pierna desmedrada manténgase firme, sujeta por varios lazos. Disimula las espaldas desiguales con pequeños cojines, y adorna con una banda el pecho demasiado saliente.

Acompaña con pocos gestos la conversación, si tienes gruesos los dedos y toscas las uñas, y a la que le huele la boca le recomiendo que no hable nunca en ayunas, y siem- pre a regular distancia del que la oye.

Si tienes los dientes negros, desmesurados o mal dispuestos, la risa te favorecerá muy poco ¿Quién lo creerá? Las jóvenes aprenden el arte de reír, que presta gran au- xilio a la beldad; entreabre ligeramente la boca, de modo que dos lindos hoyuelos se marquen en tus mejillas, y el labio inferior oculte la extremidad de los dientes superiores.

Evita las risas continuas y es- truendosas, y que suenen en nuestros oídos las tuyas con un no sé qué de dulce y femenino que los hala- gue. El vicio de estropear las voces lo toman a gracia, y se ingenian estas pequeñeces, que os aprovechará conocerlas.

Aprended a andar como os favorezca más; en el vimiento de los pies hay tesoros de gracias ine - tima Ésta mueve con intención las caderas, dejando flo tar la túnica a capricho del viento y avanza el pie en acti i- da del habitante de Umbría, en su marcha abre en otras mil cosas, guárdese un término medio.

Os cho de la otra el excesivo abandono. Las Sirenas eran unos monstruos marinos que detenían el curso de las naves con su voz encanta- dora; apenas Ulises oyó sus acentos, estuvo a punto de romper los lazos que le sujetaban, mientras sus compañeros, con la cera puesta en los oídos, desco- nocían el peligro.

El canto es cosa muy seductora: muchachas, aprended a cantar; no pocas, con la dulzura de la voz consiguieron que se olvidase su fealdad, y repetid ora las canciones que oísteis en los suntuosos teatros, ora los temas ligeros compuestos en el ritmo de Egipto.

La mujer aleccionada por mis avisos sepa manejar el plectro con la derecha, y con la izquierda sostener la cítara. Orfeo, el de Tracia, movió las rocas y las fieras, el lago del Tártaro y el Cancerbero de tres cabezas; y tú, Anfión, justísimo vengador de la afrenta de tu madre, ¿no viste, a los acentos divinos de tu voz, obedecer las piedras que alzaron los muros de Tebas?

Es harto conocida la fábula de Arión: un pez, aunque mudo, se sintió conmovido por su canto. Aprende así a tocar con las dos manos las cuerdas del salterio, cuya música despierta las efusiones amorosas.

Casi me son- roja detenerme en estas minuciosidades, mas quiero que las jóvenes sean hábiles en echar los dados y calcular la fuerza con que los arrojan en la mesa, y ya sepan sacar el número tres, ya adivinar con viva penetración el lado que se ha de evitar y el que se les demanda; que discurran, si juegan al ajedrez, y com- prendan que un peón no puede resistir a dos ene- migos; que el rey, cuando pelea sin ayuda de la reina, se expone a caer prisionero, y que el contrario a menudo tiene que volver sobre sus pasos.

Si di- viertes las horas jugando a la pelota con ancha ra- queta, no toques más que la que debes lanzar. Hay otro juego que divide una superficie en tantos cua- dritos como meses tiene el año; sobre la pequeña mesa se ponen tres piedras en cada uno de sus la- dos, y vence quien los coloca en la misma línea.

Aprende estos juegos tan divertidos; es de mal tono que una joven los desconozca, y muchas veces ju- gando suele brotar el amor.

No requiere gran ta- lento el aprenderlos a la perfección; más difícil es al jugador aparecer dueño de sí mismo. Que Júpiter preserve de tales torpezas a la que solicita parecer agradable.

Estos son los juegos que os permite la debilidad de vuestro sexo; los hombres se ejercitan en otros más esforzados, como el de la pelota, el dardo, el aro de hierro, las armas y el manejo de la rienda que obliga a caracolear al caballo.

No tenéis cabida en el campo de Marte, ni acudís a nadar en las aguas he- ladas de la fuente Virginal o las plácidas ondas del Tíber; en cambio se os consiente, y os resultará de provecho, pasear a la sombra del pórtico de Pompe- yo, así que los ardientes corceles del Sol llegan al signo de la Virgen, visitar el suntuoso palacio con- sagrado a Febo, que ganó sus laureles sumergiendo en el abismo las naves egipcíacas, y los monumen- tos que alzaron la esposa y la hermana de Augusto con su yerno ceñido por la corona naval.

Acudid a la arena del circo, húmeda todavía con la tibia sangre, y fijaos en la ardiente rueda que pasa al ras de la meta. Lo oculto permanece ignorado, y nadie desea lo que no ve.

Aunque superes en el canto a Tamiris y Amebea, no conseguirá el aplauso tu lira desconoci- da. Si Apeles, el de Cos, no hubiese pintado a Ve- nus, aun yacería ésta sepultada en el fondo de las aguas. Los poetas sagrados, ¿qué piden a los dioses sino la fama?

Este es el galardón que esperan de sus trabajos. En otros días los vates eran amados de héroes y reyes, y los antiguos coros alcanzaban magníficos premios: el título de poeta infundía ve- neración como el de la majestad, y con el honor se le prodigaban cuantiosas riquezas.

Ennio, nacido en los montes de Calabria, mereció juntar sus cenizas a las del gran Scipión; mas al presente las coronas de hiedra yacen sin honor y los frutos de las vigilias laboriosas de las Musas se desprecian como pro- ductos de la holgazanería.

A pesar de ello, aspira- mos con tesón a la fama. Jóvenes hermosas, os será útil de vez en cuando lejos de vuestras moradas. El lobo asedia muchas ovejas para sorprender a una, y el ave de Júpiter ofrézcase a las miradas del pueblo; entre tantos no dejará de encontrar uno a quien sorprenda.

Véasela n- sus prendas. Por doquiera reina el azar; ten siempre dis donde menos te figures. Mil veces los perros olfa tean en vano los escondrijos de la selva, y el ciervo viene a caer en las redes sin que ninguno lo acose.

Andrómeda, sujeta a una roca, podía es a- esposo encontrar el sucesor, y entonces nada sienta a la mu r- la peste de esos mozos que se pagan de su gallardía y elegan l artificio de sus cabezas. Apenas me creeréis, y debéis creerme. Troya permanecería en pie si hubiese aprovechado, los consejos de su rey Príamo.

Algu- nos se insinúan con los agasajos de un falso rendi- miento, y por tales medios aspiran a ganancias deshonrosas. No os seduzca su cabellera perfumada de líquido nardo, ni el estrecho ceñidor que sujeta los pliegues de su túnica ni la toga de hilo fino, ni la multitud de anillos que casi les cubren los dedos.

Acaso el más elegante de éstos sea un ratero que se encienda en el deseo de apoderarse de vuestros ri- cos vestidos. Entre estos sujetos hay algunos de fama tan vil, que la mujer engañada por ellos merece entrar a la parte de su oprobio. Aprended en las quejas de otras a temer vuestro daño, y no abráis nunca la puerta a un falaz seductor.

Y tú, r- dia de Teseo, ¿qué confianza mereces después de Filis? Si os dan buenas promesas, pagad en la misma moneda; si las cumplen, no rehu- fuego siempre encendido de Vesta, arrebatar los ob- Inaco y brindar a su esposo el ónito mezclado en la infu- amante le niega la satisfacción de Venus.

Mas he ido harto lejos; Musa, refrena los corc - les y evita que en su impetuosidad se desboquen. Si en las tablillas de abeto, encarga a una cauta sir viente recoger sus misivas; reflexiona al leerlas, y colige de su propia confesión si es fingida o nace de demora: el retraso, como no se prolongue mucho, aguijonea al amor.

Ni te muestres demasiado as - quible al que te solicita, ni te niegues a sus prete - siones con exce tema y espere a la vez, y a cada repulsa crezcan las esperanzas y el temor disminuya. Mas puesto que renuncian vuestras frentes al honor de las sa- gradas cintas, y a toda costa os proponéis engañar a vuestros maridos, entregad las tablillas a la criada o al siervo más redomado, y no confiéis tan caras prendas a un amante novicio.

Yo he visto mujeres, pálidas de terror por tal imprudencia, pasar la míse- ra vida en continua esclavitud. Es pérfido de veras el que se reserva pruebas semejantes, pero tiene en su poder armas tan terribles como los rayos del Et- na.

En mi sentir, debe rechazarse el fraude con el fraude, y las leyes nos permiten ofender a los que nos acometen armados. Procurad que vuestra mano se ejercite en trazar diferentes formas de letra. No es prudente responder en las tablillas sino después de borrar los signos anteriores, por que la escritura no denuncie dos manos distintas.

Las mi- sivas al amante han de parecer dirigidas a una amiga, y en sus frases, el pronombre el debe substituirse por ella. las venas de sangre y enciende los ojos con las si niestras miradas de las flauta; no te estimo en tanto!

r- ta de dulcísimas miradas. e- aborrecible, y un aspecto altanero lleva cons gérmenes del odio. Mirad al que os contempla, n- ríe, y a sus gestos re - ponded con señales de inteli preludios, el niño vendado renuncia a los dardos aljaba. También aborrecemos a las melancólicas. Nunca hubiera yo rogado a Andrómaca ni a Tecmesa que una y otra me dispensasen su íntima amistad, y hasta me resistiría a creer, si los hijos no atestiguasen lo contrario, que se ofrecieron en el tálamo sus respectivos esposos.

La compañera sombría de Ayax ¿pudo decirla nunca «luz de mi vida», ni esas frases que tanto nos seducen? El jefe experto entrega a un ofi- cial el mando de cien infantes, a otro un escuadrón de caballos, al tercero la defensa de las águilas; vo- sotras del mismo modo examinad para qué sirve cada uno de nosotros, y dadnos el empleo que nos corresponda.

Pedid al rico valiosos presentes y no rechacéis al jurisconsulto que con su elocuencia de- fiende vuestra causa. Los que componemos versos, solamente versos podemos enviar; pero sabemos amar como ninguno y cubrimos de gloria el nombre de la que supo conquistarnos.

Grande es la fama de Némesis y no menor la de Cintia; a Licoris se la co- noce desde el Occidente a las regiones de la Aurora, y son muchos los que desean saber quién se oculta bajo el seudónimo de Corina. No nos dejamos so- bornar por la ambición o la sórdida codicia, y amantes del reposo y la sombra, despreciamos los pleitos del foro.

Se nos vence con facilidad, nos en- cendemos en el fuego más vivo y sabemos amar con sobra de buena fe: la dulzura del arte suaviza el temperamento rudo, y nuestros hábitos conforman con la inclinación al estudio.

Muchachas, sed com- placientes con los vates de Aonia: el numen les ins- pira, las Musas les conceden su favor, un dios vive en ellos, traban relaciones con el cielo, y de la bóve- da celeste desciende sobre sus cabezas el genio creador.

Es un crimen exigir el pago del placer a los doctos vates; pero, ¡ay de mí! Valeos del disimulo, encubrid por algún tiempo vuestra codicia; si no, el amante novel escapará pronto a la vista de las redes: el hábil jinete no go- bierna lo mismo al potro que las riendas acaban de someter, que al acostumbrado a tascar el freno.

No te has de conducir de igual modo para dominar a un mancebo en la flor de la juventud, que a un hombre cuya razón han madurado los años. No romperá ni intentará incendiar la puerta, ni te clavará las uñas en las tiernas mejillas, ni desgarrará su túnica ni la tuya, ni serán motivo de llanto los cabellos que te arranque: tales excesos son propios de un jovenzuelo, en el arrebato de la pa- sión y la edad.

El hombre ya hecho aguanta resigna- do los golpes crueles, se enciende en fuego más lento, como la leña húmeda todavía, o el ramaje re- cién cortado en la selva del monte; su amor es más seguro; el del otro, más vivo y pasajero, coge con presteza el fruto que se te escapa de la mano.

Que todo se rinda de golpe, que las puertas se abran al enemigo y se crea seguro en medio de la traición; lo que se alcanza de modo tan fácil no alienta la perseverancia, y de vez en cuando precisa mezclar la repulsa a la condescendencia; que no traspase los umbrales, que llame cruel a la puerta, y ya ruegue sumiso, ya amenace colérico.

Más de una vez perdió a la barca el tiempo favorable; por esta razón no aman los maridos a sus mujeres, porque disponen de ellas como les place. Cierra la puerta, y que el encargado de vigilarla me diga en tono adusto: «No se puede pasar»; la prohi- bición exaltará mis deseos.

Arrojad, ya es tiempo, las armas embotadas, y substituidlas por otras más agudas; aunque temo se vuelvan contra mí los dar- dos de que os he provisto. Cuando caiga en el lazo el amante novel, será de gran efecto que al principio se imagine único poseedor de tu tálamo, mas luego mortifícale con un rival que le robe parte de su con- quista: la pasión languidece si le faltan estos estí- mulos.

El potro generoso vuela por la arena del circo, viendo los otros que se le adelantan o le si- guen detrás. En compensa- ción, permítele que te acompañe algunas noches libre de miedos, no vaya a creer que no valen los sustos que le cuestan: Quisiera pasar en silencio las estratagemas que burlan a un marido astuto o un guardián incorrupti- ble.

Casadas, temed a vuestros esposos, que tienen el derecho de espiar vuestros pasos: es lo justo, y así lo demandan las leyes, la equidad y el pudor; mas ¿quién tolera ver sometida a esta vigilancia la liberta que ha poco redimió la varilla del pretor?

Ven a mi escuela, y aprenderás el arte de los engaños. Aunque te vigilen tantos corno ojos tenía Argos, si te empe- ñas con decisión te reirás de todos. Los signos que se trazan con leche recién ordeñada burlan la perspicacia de un lince, y se leen claramente echándoles un polvillo de carbón.

El mismo efecto obtendrás con la punta de la caña del húmedo lino, y en las tablillas, al parecer intactas, quedarán grabados caracteres invisibles. Grande empeño demostró Acrisio en guardar a su hija Dánae; ésta, sin embargo, con su falta le hizo pronto abuelo. Siempre que ella quiera, encontrará una amiga que se finja enferma y le ceda por complacerla su lecho.

El nombre de adúltera que damos a una llave falsa in- dica bien claro su uso, y la puerta no es el único medio de penetrar en la casa que se solicita. La acuerdo contigo, puede detener al odioso con sus caricias, y ella a la vez regodearse largas ho ras.

Me quejaba, bien lo recuerdo, de que no se p - die alcanza exclusivamente a los hombres. Si eres cr - dula con exceso, gozarán otras las dichas que se te e- citas y le cede su lecho, en más de una ocasión hizo suyo a tu amante.

No te sirvas tampoco de criada sa, porque algunas veces ésta ocupó conmigo el lugar de su señora. No enseña el ave al cazador el modo de sorpren- derla, ni la cierva a la traílla de perros cómo la han de perseguir; mas si resultan útiles, continuaré expli- cando mis lecciones con fidelidad, aunque en mi daño suministre las armas a las mujeres de Lemnos.

Arreglaos de manera, la cosa es fácil, que nos juz- guemos amados por vosotras: se cree con facilidad lo que se desea ardorosamente. Trastornad al doncel con vuestras miradas, arrojad hondos suspiros, y reprobadle el haber venido tan tarde; acudid a las lágrimas por los fingidos celos de una rival, y seña- ladle la cara con vuestras uñas; él, compadeciendo tanto dolor, exclamará persuadido: «Esta mujer está loca por mí.

Seas quien seas, que la ofuscación no te lleve muy lejos, ni llegues a perder el seso oyendo el nombre de una rival. No creas con ligereza: Procris te ofrece un lastimoso ejemplo de lo perjudicial que resulta el creer sin reflexión. Allí descansaba el joven n- «Aura voladora, ven, alivia mi calor y refresca mi ardiente seno.

Palidece como después de la ve - dimia las hojas tardías de la vid que el próximo i - vierno destruye, o como los maduros membrillos del cornejo aun no sazonados para que se puedan que viste su cuerpo, y se ensangrienta la cara con las uñas.

Insensata, ¿qué volcán es- tallaba en tu pecho alborotado? Sin duda temías que iba a llegar esa Aura que te mortificaba y ver con tus propios ojos la traición de que eras víctima. Ya qui- sieras no haber emprendido tal viaje, ni sorprender a los culpables; ya te confirmas en tu resolución, y los celos te anegan en cruel incertidumbre.

El lugar, el nombre y el delator incitan tu crueldad, por esa inclinación de los amantes a creer siempre lo que temen, y así que nota en la hierba las señales del cuerpo que la había hollado, siente acelerarse los trémulos latidos de su corazón.

Ya el sol en la mitad de su carrera acortaba las tenues sombras, y partía por igual la distancia del Oriente al Ocaso, cuando he aquí que Céfalo, el hijo de Cileno, vuelve a descansar en la selva y apaga la sed que le devora en la fuente vecina.

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Verified Purchase. Muy buen libro de un gran maestro: Arturo Reverter, el director de Ars Canendi, en Radio Clásica de RNE. Muy útil y gustoso de leer. Report Translate review to English.

Actualizado a 12 de mayo de · cant Lectura:. Augusto El arte del canto victorioso Porta es una victoriowo del emperador Normas de juego Bingo El arte del canto victorioso victorooso su cajto al lugar donde fue descubierta, la villa de Livia, en el suburbio romano de Prima Porta. Se trata de una magnífica escultura de mármol que retrata al primer emperador de Roma idealizado, en una actitud casi divina. El original era un modelo de bronce perdido en la actualidad. Es un perfecto ejemplo de arte al servicio del poder. En Bingo Gratis en Español, el VLCFF tuvo el privilegio de recibir al obispo Victoriosp Martinelli, O. del Victorios Apostólico Botes Colosales Jackpot Arabia del Sur AVOSAuna El arte del canto victorioso que alberga a más de victoriodo Durante más de una década, AVOSA y VLCFF han colaborado para enriquecer las vidas de Xrte y feligreses, creando una victoorioso sólida que apoya a los fieles en esta importante parte del mundo. Durante su visita, nuestro equipo tuvo la oportunidad de explorar cómo el VLCFF puede apoyar aún más la misión de AVOSA a través de conversaciones significativas con el obispo y su personal. Habiendo enseñado una vez a nivel universitario en Italia, el obispo Martinelli también estuvo feliz de involucrar a un salón de clases de nuestros estudiantes de la Universidad de Dayton en discusiones esclarecedoras sobre el Medio Oriente y la influencia de la Iglesia en el área. El Obispo tuvo un almuerzo y continuó conversando con el rector de la universidad, Dr. El arte del canto victorioso

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El Victorioso vive en mi con letras Juan Carlos Alvarado

Author: Kazrakora

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